Memoria Descriptiva del Proyecto
La geometría aparentemente restrictiva del predio se convirtió en detonante creativo. Lo que inicialmente planteaba un problema de zonificación se resolvió desde la lectura del contexto inmediato: grandes árboles endémicos, dentro y fuera del terreno, que enmarcan la fachada, definen el acceso y articulan la relación entre arquitectura y paisaje. El proyecto demuestra que un presupuesto acotado no limita la calidad espacial ni la dignidad habitacional: con decisiones precisas y una lectura honesta del lugar, es posible maximizar cada recurso disponible. El programa se organiza en dos niveles. En planta baja, los espacios sociales se conciben con flexibilidad: no existe un comedor convencional, sino una generosa isla que articula la convivencia y convierte la cocina en el corazón de la casa. Un estudio con baño complementa este nivel, vinculado al jardín donde un árbol de Sospó de troncos sinuosos aparece como hallazgo casi secreto. Los distintos ambientes se conectan mediante un corredor abierto que retrasa la llegada y permite descubrir la casa gradualmente, paso a paso desde la acera. En planta alta, la experiencia se define por una secuencia espacial cuidadosamente construida. La escalera blanca en fachada, bañada por la luz filtrada a través de un lienzo de vitroblock, conduce a un puente en doble altura desde el cual se accede a la recámara principal y a la terraza frontal. Ubicada estratégicamente entre las copas de los árboles, la terraza eleva la arquitectura para ponerla en diálogo con el follaje. La materialidad se plantea con sobriedad deliberada, actuando como telón neutro frente al protagonismo de la vegetación. En primavera, las flores rosadas de los árboles endémicos transforman el acceso y la terraza en escenarios vivos, reafirmando que la arquitectura asequible, cuando se piensa con rigor e intención, puede ser tan rica, digna y transformadora como cualquier otra.
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