Memoria Descriptiva del Proyecto
A lo largo de 25 años, Pujol ha redefinido la gastronomía mexicana desde un espacio donde materialidad local, artesanía y naturaleza son parte esencial de la experiencia. En 2017, el restaurante de Enrique Olvera abrió un nuevo capítulo en una casona de los años 50 en Tennyson 133. La intervención apostó por la depuración: eliminar falsos plafones y divisiones para revelar un esqueleto espacial honesto que recuperó la apertura visual de una casa-jardín. Siete años después, el mismo taller de arquitectura fue comisionado para proyectar nuevas adiciones y modificaciones en torno al XXV aniversario. El acceso se reinventó como preludio ceremonial: un pabellón de piedra volcánica y celosías de Tzalam enmarcado por el murmullo de una fuente. El patio se reconfiguró como comedor exterior presidido por una barra pétrea en tonos de tezontle y terracota —un espacio que invita a iniciar y concluir la experiencia en el jardín, como en un convite mexicano tradicional. En el interior, destaca el vestíbulo abierto como terraza hacia el jardín, vestido por un mural textil que parte de la milpa y los paisajes de José María Velasco, trasladados a un bordado colectivo realizado por 18 artesanas de Aguacatenango, Chiapas. La identidad material del proyecto es sobria y táctil: granito colado en la barra omakase, lambrines en el salón principal y adoquinado de madera que disuelve el límite entre interior y exterior. El mobiliario, diseñado por Micaela de Bernardi con inspiración en Clara Porset, aporta modernidad artesanal. La paleta vegetal incorpora agaves, cactáceas y nopales endémicos. Como el mole madre que nunca deja de transformarse, la arquitectura de Pujol se renueva sin perder su esencia: un lugar donde comer es participar en un rito colectivo donde arte, memoria y hospitalidad se entrelazan como hilos de un mismo tejido.
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